La pobreza infantil
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AMELIA LERMA SORIANO
1.
JUSTIFICACIÓN
La
OMS en el informe sobre salud mundial señala que el principal factor de
mortalidad y causa primera de enfermedad y sufrimiento en todo el mundo es la
pobreza extrema, y que cada año mueren en el mundo en desarrollo 12.2 millones
de niños menores de 5 años, en su mayoría por causas que podrían evitarse
con un gasto de sólo unos centavos de dólar por niño. Según el estudio
mencionado de Murray y López, la
mitad de todas las muertes de niños que ocurrieron en 1995 en los países en
desarrollo se debió a problemas relacionados con la desnutrición (55%),
afectando como sustrato común al conjunto de las diversas causas “médicas”:
Las enfermedades de las vías respiratorias (19%, sobre todo por neumococo y
Haemophilus influezae), las diarreas (19%, sobre todo por shigella y cólera),
las causas perinatales (18%, con un peso importante del tétanos neonatal), el
sarampión (5%), el paludismo (5%) y el resto de las enfermedades (32%, entre
las que destacan la hepatitis B y la poliomielitis).
La
relación entre los niveles de salud y el grado de desarrollo económico y
social son evidentes, siempre que
se considere la salud como uno de los objetivos más importantes que hay que
conseguir en la vida social humana. Sin embargo, en algunos países no existe
relación de proporcionalidad entre el
crecimiento económico y el aumento del PNB en las poblaciones y las mejoras
conseguidas en cuanto a nivel de salud de poblaciones, sucediendo en ocasiones
que en países con mayor desarrollo aparecen problemas relacionados con la salud
(alteraciones ecológicas y del medio ambiente social, de las relaciones
sociales...) que producirán un tipo de morbilidad no existente en zonas o países
con un menor desarrollo socioeconómico.
También
existe otra realidad que justifica
nuestro estudio, y es que en medio de un crecimiento económico mundial sin
precedentes en la Historia, el número
de personas que viven en la pobreza ha aumentado a 1.200 millones, es decir, una
de cada cinco personas, incluidos 600 millones
de niños. Compromisos como la Convención sobre los Derechos del Niño,
de 1989, y la Cumbre Mundial a favor de la Infancia de 1990, son capítulos muy
estimulantes de este necesario liderazgo a favor de la infancia. Sin embargo,
cada día que los países dejan de satisfacer sus obligaciones morales y políticas
de dar vigencia a los derechos del niño hay más de 30.000 niños que mueren
por causas susceptibles de prevención; cada mes que se aplaza la enérgica
campaña necesaria para frenar el VIH/SIDA se contagian de esta fatal enfermedad
250.000 niños y jóvenes; cada año que se deja de velar por el derecho de la
mujer a un embarazo y parto con garantías de salud mueren 585.000 mujeres
debido a complicaciones que podían haberse previsto; cada año que los
gobiernos aplazan su compromiso de
destinar los fondos necesarios para la asistencia al desarrollo, decenas de
millones de niños carecen de acceso al agua potable, instalaciones de
saneamiento, servicios escolares y servicios de salud que garantizan su
crecimiento y desarrollo; cada año que los gobiernos no impiden el estallido de
conflictos armados, millones de niños y mujeres son asesinados, mutilados u
obligados a desplazarse de su tierra. Según estos datos del informe Estado
Mundial de la infancia 2000, se puede asegurar que en el último decenio se ha
producido una guerra no declarada contra las mujeres, los adolescentes y los niños,
dado que la pobreza, los conflictos armados, la crónica inestabilidad social y
las enfermedades susceptibles de prevención, como el VIH/SIDA, amenazan sus
derechos humanos.
El
nivel de salud de la población, es el resultado de la interacción de
elementos; por una parte de los factores
socioeconómicos, culturales y políticos presentes en una sociedad, que
determinan un concreto perfil de morbilidad
y mortalidad; y por otra, el funcionamiento
del sistema sanitario en sus diferentes aspectos de promoción de la salud,
prevención y curación de la enfermedad, y de rehabilitación y reinserción,
que da lugar a una determinada forma de utilizar y servirse de dichos servicios
sanitarios. Si la situación de salud de una colectividad empeora, la causa
radica en el correspondiente empeoramiento de los mencionados factores socioeconómicos,
culturales y políticos, así como también en la insuficiencia del sistema
sanitario en sus distintos aspectos. Este empeoramiento sanitario a partir del
agravamiento de las condiciones económicas contribuye en gran medida a que el
funcionamiento de la economía vaya
aún peor. El círculo pobreza-enfermedad- pobreza de Horwitz se retroalimenta,
con consecuencias cada vez más adversas. El subdesarrollo, la pobreza y la
enfermedad están muy relacionadas entre sí, representando un auténtico círculo
vicioso del que únicamente se puede salir merced a un adecuado desarrollo
socioeconómico y teniendo en cuenta que no se debe confundir el desarrollo
socioeconómico con la simple productividad o grado de industrialización, ya
que el auténtico desarrollo socioeconómico debe ser realizado con participación
de todos los sectores sociales, tanto en su consecución como en los beneficios
obtenidos.
En el esquema de Horwitz (pulse para ver dicho esquema), se observa que la baja producción conduce a ingresos insuficientes y bajo nivel de vida (alimentación, condiciones de vivienda, etc.), y a un aumento de enfermedades, y por la escasez de medios económicos muy pocas inversiones son destinadas a medicina preventiva y salud publica, con lo que se producen más enfermedades y se cierra el ciclo.
Factores
socioeconómicos, culturales y políticos.
En el último decenio la pobreza no sólo no ha disminuido sino que se ha radicalizado, ensanchándose el abismo que separa a ricos y pobres; es decir, se ha agrandado la distancia que separa a los países ricos y a los países pobres al igual que la que separa a las personas ricas y a las personas pobres. (Ver esquema sobre la distancia que separa a los países ricos y pobres)
El Centro Innocenti de Florencia, dependiente de UNICEF, ha hecho público un informe sobre pobreza infantil en los países ricos. Este informe investiga el bienestar de la infancia en las naciones ricas: Los países que conforman el objeto de estudio de esta serie son los 29 miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), países que producen dos tercios de los bienes y servicios que se producen en todo el mundo.
El informe se centra en la pobreza infantil propiamente dicha, no como la única cadena que oprime, sino como una ramificación significativa de la intrincada red de problemas que de manera tan tenaz atrapa a uno de cada seis niños de los países ricos.
El informe opta por el concepto de pobreza relativa, que es aquella que mide la pobreza de aquellos cuyos “recursos (materiales, culturales y sociales) son tan limitados que quedan excluidos de las condiciones de vida mínimas aceptables en los Estados miembros en los que viven”.
España tiene uno de los mayores índices absolutos de pobreza, sin embargo es un modelo razonable en relación con la pobreza relativa. Resulta interesante compararlo con Italia que es mucho más rica en términos de PNB y se sitúa justo encima de España en el ranking de pobreza absoluta, aunque es derrotada por España en los índices de pobreza relativa. Esto se explica parcialmente por la evidencia de que España se esfuerza más que Italia para abordar la pobreza infantil a través de la intervención gubernamental en forma de impuestos y transferencias.
España también destaca por tener unos índices altos de desempleo, pero la pobreza infantil es menor que en los países con un menor índice de paro, y esto puede deberse a que nuestro país tiene un menor número de hogares sin ningún adulto trabajando, así que los salarios se extienden de una manera más uniforme.
Otro factor importante de ser destacado es
el de la desigualdad de oportunidades;
Año tras año, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) repite que “en ninguna sociedad las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres”. La llamada discriminación de género significa que del hecho de haber nacido hombre o mujer se derivan en nuestras sociedades una serie de condicionamientos, contar con más o menos oportunidades, que se abran o cierren puertas, etc.,etc. En este sentido, puede decirse que ser mujer constituye un factor de esclavitud, entendida ésta como la situación en la que el poder de decisión sobre la propia vida está en manos de otra persona. La situación se agrava cuando se combina con otros factores de discriminación, como la pobreza.
La especial vulnerabilidad de las mujeres ante diversas formas de esclavitud se apoya en tres pilares: Las leyes, la economía y la educación.
Las leyes en ocasiones son interpretadas de tal forma que ocasionan a la mujer grandes desigualdades, por ejemplo el acceso de las mujeres a la sanidad y la educación se realiza en “concordancia con las reglas islámicas y la cultura afgana”. Esto significa, según la interpretación integrista que del Islam hacen los talibán -muy alejada de otras colectividades de esta religión-, que los varones tienen la prioridad en estos terrenos En la práctica, ni siquiera se respeta tan injusto texto. Simplemente, las mujeres, por el hecho, de serlo, son excluidas de recibir atención sanitaria y educación, además de, por supuesto, el ejercicio de estas y otras profesiones.
A las niñas en muchas zonas del mundo la tradición impedirá que puedan decidir sobre su matrimonio, existiendo en ocasiones intercambio de dinero entre las familias; si la familia de la novia no paga la dote, que constituye muchas veces una cantidad importante de dinero antes del matrimonio, la mujer es sometida a castigos, malos tratos y todo tipo de violencias mientras aquella no sea satisfecha.
En otras culturas se busca la purificación de la mujer a través de la infibulación, amputando o reconstruyendo sus órganos sexuales para impedir el placer. Hay tres tipos. El peor de ellos, el que se da en Somalia, consiste en el corte del clítoris, los labios menores, el vaciado de los labios mayores y el cosido de los labios mayores dejando un orificio para orinar del tamaño de una lenteja. Se practica a niñas entre seis y nueve años. Con este método las mujeres pueden tener relaciones sexuales pero sintiendo un terrible dolor. Para la cultura Somalí la infibulación garantiza la castidad. Una niña infibulada será una mujer pura para la que el sexo sólo significa un paso extremadamente doloroso previo a la maternidad. Las madres infibulan a sus hijas de buen grado, pensando en que si no jamás encontrarán un hombre en el poblado.
Muy relacionado con las leyes y las costumbres está el acceso de las mujeres al poder político, a las decisiones que afectan a toda la colectividad. El 11% de los escaños parlamentarios de todo el mundo está ocupado por mujeres y tan solo 18 mujeres presiden alguno de los 240 parlamentos que en estos momentos existen.
Junto con lo estrictamente político, el económico es un terreno donde en gran medida se juegan poder y autonomía. Raiza Faiz, ex-parlamentaria de Bangladesh, denuncia que “las mujeres se mueven de la casa de sus padres a la casa de sus maridos y a la casa de su familia política. Son como refugiados.(...). No tienen dinero por sí mismas; el dinero pertenece a sus padres o a sus maridos”.
La explotación sexual, aunque la prostitución no afecta exclusivamente a las mujeres, sí constituyen éstas un grupo humano especialmente expuesto a este tipo de esclavitud. La llamada industria del sexo mueve cantidades ingentes de dinero tanto a través de la prostitución clásica como el turismo sexual, la venta de artículos, revistas, vídeos,... se trata de un negocio en el que, más allá de las consideraciones morales, abundan las situaciones de explotación y esclavitud de mujeres y niñas, pues para muchos países y particulares constituye una fuente de ingresos de primer orden.
La esclavitud sexual aparece íntimamente relacionada con la pobreza, así como con nuestro estilo de vida y valores. Una parte importante de la explotación sexual del Tercer Mundo está dirigida al público de países de ingresos más altos: Europa Occidental, Japón, Norteamérica, Australia y algunos países árabes.
De esto se deduce que la esclavitud no ha desaparecido y que actualmente adopta formas modernas: Condiciones de trabajo injustas, servidumbre por deudas, reclutamientos forzosos, explotación sexual de mujeres y niñas, niños trabajadores, matrimonios forzados... son algunos de los diversos rostros que hoy significan una auténtica vergüenza de la humanidad que reduce a las personas a la consideración de objetos sin ningún tipo de derechos ni posibilidades de tomar decisiones acerca de sí mismas.
Las cifras que maneja la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hablan de unos 300 millones de niños y niñas en todo el mundo que están siendo
explotados. De ellos, entre 120 y 140 millones tienen edades comprendidas entre los cuatro y los diez años. Esta cifra se puede llegar a doblar si añadimos a aquellos niños y niñas que están escolarizados parcialmente y trabajan el resto de su tiempo.
(Pulse sobre las fotografías para verlas ampliadas)
Hay una serie de trabajos que por su peligrosidad o dureza física deberían estar especialmente vetados a los niños y niñas, cuyos cuerpos no han terminado de desarrollarse y ciertos esfuerzos pueden dejar secuelas en su constitución. Sin embargo ésta es la forma de explotación de la infancia más extendida, principalmente en sectores como la industria (en hornos para vidrio, cerámica, fosforeras, pirotécnicas, soportando altas temperaturas, pesos excesivos y agentes químicos), la minería, trabajos agrícolas (grandes latifundistas colocan en estas tareas que exigen formación mínima a gran cantidad de menores, expuestos a insecticidas y fertilizantes tóxicos).
Cada año mueren miles de niños y jóvenes por accidentes en puestos de trabajo propios de adultos y otros muchos quedan incapacitados con lesiones para el resto de su vida.
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En el sur de la India, entre templo y templo, infinidad de niños arrastran sus miserias por sus calles trabajando de sol a sol, para conseguir algún infecto alimento que llevarse a la boca; “toman drogas para poder tragar lo que encuentran en los basureros”. Son los niños de la calle y los más afortunados trabajan como limpiabotas, cargando pesados sacos, o semiesclavizados en forjas y talleres de curtidos. Otros, sin embargo, terminan siendo camellos, ladrones o mendigos, cuando no caen en manos de las redes de narcotraficantes, de prostitución o en mafias dedicadas a la venta infantil.
Pero si vivir en la calle presenta las mismas dificultades para un niño que para una niña, ellas resultan más vulnerables por razón de su sexo. Su vida se oprime y se explota dos veces más que la de un varón. Para ellas los malos tratos son el pan de cada día. En muchas ocasiones, los mismos padres prostituyen a sus hijas, ante la sufrida pasividad de sus madres o la fría indiferencia de sus madrastras.
El abandono del hogar se puede producir a los 6 u 8 años y en las calles reproducen los papeles que la sociedad les ha enseñado. Los abusos sexuales son constantes, incluso se llega a barbaridades tales como que algunos hombres enfermos pagan dinero por estar con niñas, porque se cree que de esta forma sanarán.
Las niñas y los niños prostituídos se enfrentan a una larga serie de enfermedades de transmisión sexual, hepatitis, SIDA, etc... además de los malos tratos que sus clientes suelen propinarles. Y, por supuesto, están para todos ellos las consecuencias psicológicas.
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El caso de los niños soldados es una forma de explotación de la infancia especialmente brutal. Si resultan heridos o mutilados, las lesiones son para toda la vida pero si no es así, nuevamente se enfrentan al daño psíquico. Se sabe que a menudo a estos niños se les obliga a realizar matanzas para “endurecerlos” y asegurar que no huirán.
La guerra es algo cotidiano para muchos niños y niñas del mundo. En los conflictos armados de los últimos 60 años, los más perjudicados han sido los civiles y dentro de estos, especialmente los niños y niñas, que suponen un tercio de las muertes producidas por las guerras. En un paso más de la espiral de brutalidad, muchos niños acaban formando parte de alguno de los bandos combatientes, dando lugar a una forma terrible de abuso. Aunque en menor número, las niñas son también reclutadas en ocasiones.
Al menos 300.000 niños y niñas combaten actualmente en algún conflicto bélico, según Amnistía Internacional. Esta organización detalla en su informe los niños en la línea de fuego que miles de niños que viven en estas zonas de conflicto son masacrados, mutilados, violados o reducidos a la esclavitud. El coordinador de la campaña denuncia que “millones de niños han visto lo que ningún ser humano debería haber visto jamás”.