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Cuidar para curar
CARMEN NEGRILLO DURÁN* “La
salud no es la ausencia de dolor, sino la presencia de una condición básica de
placer en el cuerpo” (A. Lowen) A mi amigo Henry Las ultimas experiencias vividas en el hospital, acompañando durante la enfermedad a dos buenos amigos míos, me han hecho reflexionar sobre la falta de cuidados y el valor terapéutico que estos tienen durante la enfermedad. Como resultado de esta reflexión, ha surgido este breve articulo que quiero compartir con ustedes. Actualmente, en la vida en general y
concretamente, en los hospitales la tecnología para combatir la enfermedad ha
sustituido a los cuidados para desarrollar la salud. Se da más importancia a la
medicación del enfermo que a su correcta alimentación. Se prioriza una prueba
diagnóstica al descanso necesario para el cuerpo. La rutina hospitalaria ha
hecho del momento de la higiene y del contacto un acto mecánico vacío del
contenido terapéutico que tienen la cercanía y la afectividad. De esta forma,
el tratamiento de la enfermedad oscurece el desarrollo de la salud; estamos tan
volcados en lo que falta, en lo que está mal, que no vemos lo que hay de bueno
en la persona, para desde ahí ayudarla a mejorar. Como si una cosa fuera mas
importante que la otra. De esta forma, la salud de la población no mejora y el
sistema sanitario esta saturado. El gasto es cada vez mayor y la gente está
cada vez más insatisfecha. El desarrollo de la salud no es un objetivo de la
institución sanitaria como se demuestra en cómo son utilizados los recursos.
El gasto en tecnología medica para el tratamiento de la enfermedad supera con
creces al gasto en tecnología “de
mucho toque”: de tocar, de escuchar, y en definitiva, de cuidar. Curar no es sólo tratar La curación no se reduce al tratamiento puntual del daño orgánico, desde una visión mecánica del cuerpo que lo convierte en un objeto de investigación. Durante la hospitalización, el cuerpo es sometido a un estrés continuo. Pruebas diagnosticas, controles analíticos, radiografías, un ir y venir continuo en un hábitat frió, extraño y muchas veces incomodo. No se tiene en cuenta la realidad física que es el cuerpo humano. Una realidad que es dinámica, y a la que hay que reconocer con cuidado, analizando con delicadeza el entorno total de fuerzas que le rodean y que determina hasta sus más pequeños movimientos. En general la enfermedad supone para el cuerpo una intoxicación, un agotamiento de la energía, un desequilibrio de las funciones corporales y un daño celular que impide su buen funcionamiento. Para volver al equilibrio perdido, el cuerpo necesita utilizar toda su energía en reparar y restituir. Nuestro alquimista interior lleva a cabo su propio tratamiento, eliminando los tóxicos del cuerpo, limpiando las células del veneno que acumulan, y utilizando los nutrientes necesarios para reparar el desequilibrio. En este proceso, adquieren gran importancia los cuidados en la alimentación del cuerpo, en la limpieza y en el descanso, devolviendo a la persona la confianza en su organismo, en su capacidad curativa, en la inteligencia que nos creó. La curación no es un acto milagroso, sino un esfuerzo que el organismo tiene que realizar para volver al equilibrio perdido. Curar es también cuidar En la ultima experiencia vivida durante la hospitalización de un buen amigo mío, al que estoy muy agradecida y siempre llevaré en mi corazón, pude comprobar todas las incomodidades que supone la hospitalización para alguien que estaba dolorido y en el último tramo de su vida. Nunca tuvo queja de las personas que lo trataron: enfermeras, médicos, auxiliares, técnicos; todos tuvieron con él un trato agradable y profesional. Su queja estaba más relacionada con la falta de cuidados en el entorno. Los ruidos continuos, la falta de respeto por el descanso, una alimentación inadecuada para las necesidades energéticas y la falta de estímulos agradables para el cuerpo y el espíritu. Curar significa tener cuidado para que el enfermo sane, y sanar es restituirse, recuperar la salud perdida. No basta con reparar el daño del órgano, o de la función; es necesario devolver al organismo su capacidad reparadora, atendiendo sus necesidades con el esmero y el cariño de los cuidados. Cuidar para curar Cuidar es el camino y la meta es la curación. Si nos centramos sólo en la meta y perdemos de vista el proceso, la curación es un acto mecánico desprovisto de su verdadero sentido, que es el de restituir todas las fuerzas que hacen posible la vida. Cuidar significa esmerarse en el proceso de la curación, teniendo sumo cuidado en atender las necesidades del cuerpo enfermo. En el cuidado hay siempre una actitud amorosa que despierta en nosotros la capacidad curativa y así la curación no es sólo el hecho de reparar sino también de sanar. Atender las necesidades energéticas del cuerpo, sobre todo cuando estamos enfermos, supone utilizar alimentos que sean una fuente de energía de calidad, y no sobrecargar el trabajo de la digestión. Alimentos vivos, no industriales, alimentos integrales, no refinados, alimentos que favorezcan la limpieza y consuman poca energía en su digestión. Durante la enfermedad, el cuerpo trata de llevar a cabo su desintoxicación y su limpieza, eliminando residuos y toxinas. El cuidado en la limpieza del cuerpo favorece este proceso porque a través de la higiene eliminamos las toxinas y los desechos del cuerpo, y esto favorece el descanso. Por otro lado, el contacto con el cuerpo calma y proporciona bienestar; es un momento de intimidad y de acercamiento, que la enfermera puede utilizar para calmar y aliviar, y también, por qué no, para reconciliar al paciente con su propio cuerpo, ayudándole a confiar en su alquimista interior. Cuando nuestro cuerpo está enfermo, lo que más necesita es descansar, parar la actividad externa y disminuir la actividad interna, dejar de movernos de un lado a otro y de atiborrarnos de alimentos, tabaco, alcohol, café, polución, disgustos y prisas. El descanso es una fuente de energía que se pone al servicio de la curación. La actividad carga la célula de basura y el descanso la descarga; es durante el descanso cuando nuestro cuerpo aprovecha para hacer la limpieza de tóxicos. El silencio y la tranquilidad que necesita el cuerpo enfermo, me lleva a reflexionar sobre el ambiente que rodea a los pacientes hospitalizados, asépticos e impersonales, nada armónicos en cuanto al uso de elementos naturales. Todo lo contrario: luces artificiales, paredes frías, camas metalizadas, ruidos, mucho ruido. La tranquilidad y el silencio brillan por su ausencia. De esta forma, invitamos poco al paciente a que descanse, a que se relaje. Utilizar elementos naturales en la decoración, como plantas, fuentes de agua, luces naturales, obras de arte, etcétera, ayudan a crear un ambiente armónico que facilite el descanso y la recuperación. Respetar el silencio y la tranquilidad de los pacientes es un valor a transmitir por los cuidadores, que deben ser un modelo de referencia en el cuidado de la salud. De esta forma la enfermedad puede ser una experiencia de aprendizaje en la que además de recuperar la salud, podamos recuperar la capacidad de cuidarnos y de cuidar. Se trata de utilizar el hospital como un lugar para la transformación del ser humano. *Carmen Negrillo Duran es profesora de la Escuela Universitaria de Enfermería "Virgen del Rocío" (Sevilla). E-mail: mariac.negrillo.sspa@juntadeandalucia.es
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