EL RETO DE LA EDUCACIÓN AFECTIVO SEXUAL: UNA APORTACIÓN DESDE LA EDUCACIÓN PARA LA SALUD

INTRODUCCIÓN

Hablar de sexualidad ha sido y continúa siendo un tema polémico donde parece que nadie se pone de acuerdo a la hora de delegar o asumir la responsabilidad de educar. Aunque todo el mundo es consciente de la importancia de la educación afectivo-sexual de cara a la formación integral de la persona, generalmente nadie asume como propia esta tarea, y este área de formación queda habitualmente en el aire. Por una parte la educación tradicional se limita a proporcionar conocimientos académicos; por otra, actualmente la familia es una institución en mutación (aumento del número de divorcios, escasa comunicación entre padres e hijos, aumento de la monoparentalidad, incorporación de la mujer al trabajo remunerado, etc.) que generalmente delega en la escuela toda responsabilidad. A su vez, los medios de comunicación (de gran influencia en los jóvenes), en lugar de aportar soluciones, suelen reforzar los mitos, falsas creencias, roles y estereotipos establecidos por la sociedad, contribuyendo a su expansión[1]. 

Así, a la cuestión ¿sobre quién recae la responsabilidad de educar en sexualidad?: el debate se mantiene en torno a si son los padres en el núcleo familiar, o bien los profesores en los centros escolares los que deben realizar esta tarea educativa, pero mientras unos y otros se deciden, los hijos crecen y la educación afectivo sexual que reciben suele ser mínima, si es que tienen la suerte de recibir algún tipo de educación sobre el tema. Por lo general, reciben la información sexual a través de los medios de comunicación social, principalmente de programas de televisión, que aportan información sexual sesgada centrada en el aspecto más prosaico y biológico de la sexualidad, pues fundamentalmente el objetivo de estos programas es hacer hincapié en el morbo. Por ello consideramos que los padres y madres deben ser las primeras y más vinculantes referencias durante el período de crecimiento de los hijos; pero ¿están los padres realmente preparados para asumir esta responsabilidad?. Y ¿los educadores? Si reflexionamos sobre estos interrogantes nos damos cuenta que tanto los padres como el resto de educadores en general necesitan formarse adecuadamente para poder convertirse en educadores eficaces. Sin embargo, parece existir una laguna académica y una asignatura pendiente en la formación de nuestra sexualidad que se ha convertido en un auténtico círculo vicioso[1]. 

Como reflejo de estas carencias citamos el estudio publicado por el British Medical Journal (2002: 324-1426) sobre la incidencia de las campañas y programas escolares impartidos en los últimos treinta años con vistas a lograr el retraso de la actividad sexual, el aumento del uso de anticonceptivos y la reducción de embarazos en adolescentes. Los autores concluyen que la educación sexual que se ha impartido desde 1970 no ha conseguido ninguno de esos tres objetivos. El trabajo ha revisado decenas de estudios, publicados o no (conferencias, informes técnicos, etc.), sobre la eficacia de las clases de educación sexual en colegios y de los programas para jóvenes promovidos por ONG, centros de planificación familiar, campañas gubernamentales, etc., en la prevención de embarazos en jóvenes de 11 a 18 años. 

La falta de una educación sexual completa destinada a las y los adolescentes en nuestro país, tiene relación directa con las siguientes realidades[2]: 

o Según el Movimiento Natural de la Población del INE, en 1998 se produjeron en Estado español 11.264 nacimientos de madres menores de 20 años.

o Según el Registro de Interrupción Voluntaria del Embarazo del Ministerio de Sanidad y Consumo, el número de IVE en mujeres menores de 25 años fue de 27.547 en el año 2000.

o Entre las menores de 20 años que abortaron en el año 2000, sólo el 27,41% utilizó algún servicio de planificación familiar.

o Según la encuesta de Fecundidad 1999, el 79,9% de las mujeres de 15 a 19 años no ha utilizado nunca un método anticonceptivo.

o Desde el año 1981 al año 2001, se registraron en España 20.558 casos de SIDA en personas menores de 29 años, lo que representa el 33% de todos los casos declarados. 

Frecuentemente, entre los más jóvenes existe una insuficiente, errónea y sesgada información sobre la sexualidad, focalizando la atención hacia la genitalidad, restringiendo y empobreciendo, de esta manera, la potencialidad de una vida sexual placentera. Esta escasa e incorrecta información sexual, junto al carácter temerario que acompaña al adolescente, hace que no prevean especialmente los conflictos y peligros que se pueden derivar de un “mal uso” de su sexualidad: embarazos no deseados, prácticas de riesgo, transmisión de enfermedades,... Esto hace especialmente relevante la urgencia de informar y formar sexualmente a los más jóvenes, si queremos que su formación sea realmente completa. Por ello es preciso hacer hincapié no sólo en el aspecto conceptual de la sexualidad sino también en la actitudinal, rompiendo con tabúes, prejuicios e ideas erróneas que rodean la sexualidad de los más jóvenes,... en definitiva, promocionar el desarrollo de la sexualidad hacia el respeto por lo que es y cómo es uno/a mismo/a y hacia otros/as, así como la puesta en relieve de todas sus potencialidades [1]. 

ESPAÑA: FRACASO DE LAS POLÍTICAS DE SALUD REPRODUCTIVA 

Los conocimientos insuficientes o erróneos y la falta de orientación sexual conducen a situaciones conflictivas de gran tensión y frustraciones que ocasionan un número considerable de madres jóvenes, matrimonios adolescentes, embarazos no deseados, abortos, trastornos y desajustes psíquicos que indirectamente interfieren en el adecuado ajuste y desarrollo del individuo dentro de la sociedad[3]. 

La falta de información y educación sexual incide y potencia[2]:

  Las probabilidades de tener hijos e hijas a una edad temprana.

  La posibilidad de sufrir embarazos no deseados y abortos provocados.

  El riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual al no contar con las habilidades, instrumentos y conocimientos previos que permitan a las mujeres jóvenes defenderse de una relación sexual no deseada o utilizar métodos barrera. 

En un estudio llevado a cabo con 2.072 adolescentes escolarizados de ambos sexos en la provincia de Vizcaya entre Febrero a Junio de 1996[2], se menciona que el conocimiento de los niveles de Información o de Desinformación Sexual que tienen los y las adolescentes vizcaínos es importante de cara a identificar las carencias de información más importantes para, en su caso, orientar los Programas de Educación Afectivo-Sexual en esas direcciones y mejorar su eficacia. Significa un paso previo y necesario para el desarrollo de actuaciones realistas que, aparte de facilitar la información sexual pertinente, contribuyan a la prevención de las consecuencias indeseables de unas relaciones sexuales mal vividas en estas edades [4]. 

Otros 11 estudios en 7.418 jóvenes llegaron a la misma conclusión. Los autores tampoco han descubierto aumentos significativos en el uso de anticonceptivos por parte de los adolescentes después de participar en algún programa de prevención de embarazos. En este punto, 12 estudios en 8.019 jóvenes concluyen que los programas no han reducido el índice de embarazos [5]. Este estudio afirma que los jóvenes tienen información, pero que la prevención mejora mucho cuando los programas incluyen además seguimiento de los participantes; sesiones individuales; actividades alternativas; trabajar la autoestima y de relaciones con los padres; información sobre enfermedades de transmisión sexual; insistencia en la responsabilidad sexual. 

A la vista de estos datos resulta evidente que el aumento sustancial de las campañas de información y prevención de embarazos no deseados no ha tenido los resultados deseables, y no puede decirse que sea debido a la escasez de mensajes y programas dirigidos a los jóvenes[6]. En 2001 se registraron 69.857 interrupciones voluntarias del embarazo (un 9,6% más que el año anterior, según el Ministerio de Sanidad) y se abortaron 15 de cada 100 gestaciones[6]. 

El estudio también afirma que entre las adolescentes que abortaban la mayoría había recibido con anterioridad la píldora postcoital. Es decir, eran usuarias de productos para producir abortos por medios químicos. Estos datos nos sugieren que la falta de información quizás no sea la única causa de nuestros problemas, ni la información y distribución de preservativos sea la única solución efectiva que acabará con ellos[6]. 

Las escuelas son un lugar ideal para que los jóvenes aprendan a conocer los riesgos para la salud, incluyendo el VIH, las ETS y los embarazos no deseados. A nivel nacional y global se ha comprobado, por medio de estudios, que la educación sexual a niños y jóvenes no estimula el incremento en la actividad sexual y sí ayuda a la juventud a abstenerse por más tiempo. Los programas educativos exitosos utilizan un currículum y mensajes claros sobre los riesgos del sexo sin protección y las formas de evitar el riesgo, enseñan y practican la comunicación, tratan el tema de la influencia de la sociedad y de los medios de comunicación, y promueven que se hable de la sexualidad abiertamente[7]. 

Estudios nacionales e internacionales sobre intervenciones educativas en la sexualidad de los jóvenes concluyen que[2]: 

q La educación sobre salud sexual no incentiva la actividad sexual.

q Los buenos programas contribuyen a retrasar la primera relación sexual y protegen a las y los jóvenes sexualmente activos de las ETS, del VIH y de los embarazos no deseados.

q El comportamiento responsable y seguro se puede aprender.

q La educación sexual tiene que ser sensible a las diferencias de género. 

Por estas razones, organismos internacionales tales como: la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud y el Consejo de Europa elaboraron recomendaciones para que la educación para la salud y la educación sexual se consideraran enseñanzas obligatorias. 

LA ESCUELA: UNA DE LAS IMPLICADAS EN EDUCAR PARA UNA SEXUALIDAD SALUDABLE 

La educación es un derecho fundamental establecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Sin embargo, millones de niños, y sobre todo niñas, siguen sin poder ejercer este derecho básico. Si el acceso a la formación primaria es hoy un reto, conseguir que la educación sexual sea universal constituye una apuesta irrenunciable ya que, en contra de la opinión de las corrientes más conservadoras que abogan por la abstinencia sexual, los estudios demuestran que proporcionar información a la gente joven no promueve la promiscuidad; por el contrario, fomenta el respeto y la responsabilidad mutuas. Muchas comunidades niegan a las niñas y mujeres jóvenes una educación formal que les permitiría tomar decisiones sobre sus relaciones sexuales, su matrimonio y sobre los hijos e hijas que desean o no tener[2]. 

            Las instituciones educativas tienen que dar respuestas eficaces, ante los problemas reales que viven los individuos. La sexualidad es un hecho de la vida del ser humano, y el sistema educativo tiene como misión preparar para la vida. Conocer, por ello, la dinámica de los factores que intervienen en cada situación resulta imprescindible para una actuación educativa eficaz. A partir de aquí se podrán programar las experiencias educativas más adecuadas [7]. 

            Vivimos momentos de gran preocupación por la acción educativa, por entender que nuestro futuro depende precisamente de la formación que ofrezcamos a los niños de hoy. Los problemas que afectan a la humanidad no son ajenos a esa acción educativa. Por esta razón, la Comisión Internacional para la Educación en el siglo XX, presidida por Delors (1996), en su informe “La educación encierra un tesoro”, recuerda los pilares básicos de aquella: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir. Son las metas básicas de la acción educativa en general”. Así, la educación pretende el desarrollo de personas capaces de analizar, construir o transformar su realidad personal y social para conseguir una sociedad más libre, justa, solidaria y crítica[8]. 

La necesidad de articular la educación formal con la realidad social no es nueva, se reconocía y se regulaba con la LOGSE. Y como ha puesto de manifiesto Bas (1997) hay que dar respuestas educativa a las nuevas demandas de la sociedad entre las que se encuentra la educación afectivo sexual. Hacerlo, implica contribuir a difundir y comprender la actual concepción de entender el papel del centro educativo, el proceso de enseñanza aprendizaje, la formación del profesorado y su desarrollo profesional necesario para facilitar el desarrollo de ciudadanos y ciudadanas capaces de participar, asumir responsabilidades, tomar decisiones e integrase con normalidad en la sociedad[9]. 

En el inicio del tercer milenio, la escuela tiene la obligación de ser un espacio y un tiempo en el que las alumnas y los alumnos puedan considerar y reconstruir sus preocupaciones ideológicas, modos de interpretar la realidad y formas acríticas o incoherentes de actuar, para proporcionar claves y experiencias de aprendizaje desde las que poder construir un marco mental propio de autonomía, no sólo en los aspectos intelectuales, sino también en su desarrollo afectivo, moral, social y político [10]. La escuela puede contribuir a constituir un nuevo concepto de respeto y valoración de las personas. 

            La Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo Español (LOGSE) incluyó la Educación Sexual como materia transversal obligatoria en las enseñanzas generales no universitarias. Sin embargo, es una realidad que en la mayoría de los centros docentes del Estado español, la educación sexual aún no constituye una materia curricular y, en el caso de ser proporcionada, la información difundida no es integral. 

En un principio las campañas sobre educación sexual han concedido gran importancia a la información sobre como evitar riesgos, y analizar las consecuencias de éstos. Se partía de la idea de que un mayor conocimiento de los peligros implícitos servirían como prevención. Sin embargo, investigaciones posteriores, como ya hemos mencionado anteriormente, han puesto de relieve que la información es necesaria, pero no suficiente en el proceso de educar. 

Por tanto, la educación afectivo-sexual debe consistir en algo más que en la simple información sobre los órganos genitales, la anticoncepción o la transmisión de enfermedades. Es preciso garantizar que las fuentes de información sobre estos temas sean mejores que hasta ahora y que propicien en la medida de lo posible, una vida digna y equilibrada a las generaciones más jóvenes. Pretendemos la construcción de un modelo explicativo de la sexualidad humana crítico, abierto y en continuo proceso de transformación, que vaya más allá del marco de los aspectos simplemente biológicos o preventivos y que contemple el desarrollo personal afectivo y social. Se trata de aprender a conocernos y a aceptarnos, explorar nuestras posibilidades, construir unas relaciones afectivas equilibradas...; en definitiva, “aprender a ser felices”[1]. 

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