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Reflexiones de una estudiante de enfermería. El sentido de la vida y la muerte
LOURDES ARRÓNIZ PALOMARES Alumna
de tercer curso. Escuela
Universitaria de Enfermería. Universidad de Valladolid El mundo occidental ha perdido el sentido de la vida y de la
muerte. Huimos de escucharnos y para ello huimos del silencio, de la quietud, de
los sentimientos profundos, porque nos acercan a la esencia de la vida y por lo
tanto nos revelan de inmediato que con ella también estamos muriendo y que
ambos procesos son inseparables. La mayor parte de
la gente vive o bien negando la muerte o aterrorizado por ella. Incluso hablar
de muerte resulta morboso para mucha gente que
llega a temer incluso atraerla sólo por mencionarla. No es un tema
bienvenido en una conversación, pudiendo ser calificado de negro o macabro. De ese modo
perdemos la vivencia de la esencia de la vida, del disfrute de la experiencia
intensa de nuestra capacidad de amar y de sentir y en vez de esto, vivimos en un
desierto espiritual, a partir del cual empezamos a sentir los efectos
desastrosos de una dinámica neurótica y destructiva, enajenándonos,
persiguiendo sueños, con prisa y deprisa, valorando solamente la vitalidad, la
productividad, el éxito, y todo aquello que tenga connotaciones de vitalismo,
optimismo, poder, buena imagen social, etc. En realidad, detrás de todo esto,
se esconde muchísimo sufrimiento negado constantemente, como si de un tabú se
tratara. Personalmente creo que el sentido de la vida está en aprender a amar a los demás y a nosotros mismos, como seres humanos íntegros y que por lo tanto, reunimos partes positivas y negativas, como un todo integrado. Es el rechazo y la negación de las partes que no nos gustan, lo que no permite el desarrollo o la transformación de éstas, que más que rechazables, son dolorosas, y que, si como tales las afrontáramos, dejarían de ser monstruosas. En realidad, nuestras partes mas oscuras, simplemente necesitan luz y si las seguimos dejando en la oscuridad y rechazándolas, no dejan de existir por ello, y acabarán aflorando como manifestaciones de enfermedad, maldad, agresión, neurosis o locura. El otro punto
importante que para mí da sentido a la vida, es la adquisición de
conocimientos y el desarrollo de la conciencia. Al hablar de conocimientos, en
absoluto me estoy refiriendo a acumular y almacenar información, ni siquiera a
saber relacionarla a través del intelecto sin más, sino a un conocimiento
mucho más profundo, que a través de la experiencia consiga transformarse en
una profunda comprensión. La muerte es el
fin de una vida. Empezamos a morir al nacer. La muerte va unida al tejido de la
vida. Lo que vive y crece, vive hacia su muerte. El enigma, el misterio de la
vida, viene dado por su fraternidad con la muerte. En realidad, todo lo profundo
está en relación con la muerte que le espera y, en relación con ésta es como
percibimos la plenitud y la riqueza de la vida, e incluso el presentimiento
profundo de que algo va más allá de ella. Lo profundo por tanto, permanecerá
oculto si rechazamos el pensar y el tener presente la realidad de la muerte. Sólo aprendiendo a atravesar el desasosiego, la angustia y el horror que nos produce la muerte, podremos atravesar las fronteras que nos impiden ver y sentir que formamos parte de algo sagrado, que escapa a nuestros límites de comprensión. Si lo que hacemos es huir y negar el sufrimiento y el dolor, no sólo nos destrozamos sino que perdemos la oportunidad de aprender, atravesándolo, y crecer como seres humanos. Ciencia y conciencia “Menos ciencia
y más conciencia” me repito con frecuencia en los últimos tiempos y es que
opino que hay una gran desconexión entre estos dos aspectos de la
realidad. Las palabras
“ciencia” y “científico”
han adquirido un status muy sobrevalorado que llega a unos límites que yo
calificaría de omnipotentes. Nos hemos volcado en la ciencia como si de un dios
se tratara, esperando a través de ella, escapar de la enfermedad, del dolor, de
la vejez, de la decrepitud, de la muerte en definitiva. Sublimamos los avances
tecnológicos y científicos creyendo que esa será nuestra salvación. Pero
mientras la ciencia avanza con rapidez, nuestra conciencia como seres humanos ha
quedado raquítica en comparación. De esta forma perdemos de vista nuestra contingencia, nuestra vulnerabilidad, en definitiva la imprevisibilidad de la vida y la certeza de la muerte. Adoramos todo aquello que nos haga sentirnos potentes y eternos, por ejemplo la belleza, la apariencia de juventud, el poder, el éxito. Pero ¿Qué ocurre cuando nos llega la enfermedad? ¿Qué ocurre cuando nos llega la vejez? Con respecto a la
enfermedad, nos sorprende. Es frecuente oír a una persona que de repente
enferma decir: “Pero ¿cómo es posible? ¿cómo me ha pasado esto a mí?, si
yo estaba bien”, como si protegidos por los maravillosos adelantos científicos,
estuviéramos asegurados ante cualquier eventualidad, y de pronto se nos muestra
que todo es una fantasía, que somos seres perecederos, que vamos a enfermar y a
morir como la naturaleza manda. Nos pilla entonces la enfermedad, sin
preparación y sin capacidad para asimilar el evento. Respecto a la vejez, la vivimos como debilidad, decrepitud, y como si al convertirnos en seres improductivos para el sistema económico, hubiésemos perdido todo nuestro valor humano y social. A diferencia de otras sociedades (e incluso de la nuestra en otras épocas), donde se respeta le vejez como fuente de sabiduría y conocimiento, en nuestra sociedad no sólo se ha perdido la valoración social sino también el respeto familiar como antecesores nuestros. Por ello tratamos de tapar la vejez, apartarla, ignorarla, etc. En realidad nos asusta mucho llegar a viejos. Y es que además tal como está nuestra realidad, no tenemos ninguna orientación para saber que será de nosotros cuando seamos viejos ya que ni en las familias queda un lugar adecuado para el cuidado del anciano, ni tampoco las instituciones pueden darnos una solución clara y segura. Con el afamado y sobrevalorado intelecto no vamos a llegar muy lejos. Vamos a adquirir muchos datos, mucha información, pero el conocimiento que permite desarrollar la conciencia, se adquiere abriéndonos en la experiencia diaria a la emoción, la espiritualidad, la empatía, la escucha, la reflexión profunda, etc., es decir abriendo o viviendo con nuestro radar mucho más abierto y no solamente con esa pequeña parte de la mente lógica, que es el intelecto. Tenemos muy olvidada e infravalorada la mente analógica, siendo como es fundamental su función para adquirir una percepción más profunda de las cosas. Así como la ciencia no se desarrolla por sí sola, ni nacemos con los conocimientos científicos aprendidos, tampoco la conciencia aparece desarrollada, sino que hemos de aprender a desarrollarla y creo que especialmente los profesionales del ámbito de la salud tanto física como mental, hemos de trabajar en el desarrollo del autoconocimiento, para a partir de ahí desarrollar la conciencia. Pienso además que es algo fundamental y básico para el desarrollo de nuestra profesión. Apariencia y esencia La apariencia de las cosas parece lo más importante actualmente: bonitos protocolos, magníficas exposiciones, estupendos propósitos que al exponerlos suenan al canto de los ángeles. En fin, sobre la imagen podemos decir irónicamente, que está muy conseguida, que estamos en ello y que todavía no ha dado de sí todo lo que puede dar. Ahora hay estupendos profesionales que no sólo son capaces de diseñar la estética de las cosas sino también discursos, argumentos, modales, actuaciones públicas, en definitiva, cómo manipular con la forma no solo la apariencia estética, sino el discurso adecuado para atrapar la atención y la voluntad, casi hipnotizar a la gente, con discursos vacuos que muchas veces no sólo no responden a una realidad sino que no tienen una consistencia en su argumento. El fondo dista muchas veces del discurso del pretendido proyecto del que se habla y la realidad se confunde con frecuencia con la apariencia. Como ejemplo podemos ver lo que sucede ante una exposición de pintura, donde los asistentes mirarán los cuadros en muy poco tiempo pero en cambio gastarán mucho tiempo en leer la información de cada cuadro, en atender racionalmente lo que significa esa exposición, lo que significa estar ahí, incluso comentarán después la exposición. Pero ¿cuántos se han quedado el tiempo suficiente delante de cada cuadro para dejarse impregnar por el propio cuadro, por la obra en sí? ¿cuántos ha sentido la obra que era el motivo de la exposición en realidad?. Absurdo, pero eso es lo que sucede en este ámbito como en tantos otros. Lo mismo sucede cuando tenemos a alguien delante, cuando el personal sanitario tiene delante a un paciente, una persona. Se atiende a los informes, los resultados de las pruebas, los resultados de la toma de constantes, la preparación y administración de la medicación, la aplicación de técnicas y todo esto se escribe. Esa persona es un número, una cama, una historia clínica. ¿La miramos? ¿Nos importa lo que siente? ¿Quién es esa persona? En mi corta experiencia en las prácticas de enfermería en hospitales, lo que veo diariamente me dice que no, que no importa tanto la persona en sí como la enfermedad, como si de un ente aparte se tratara, cuando en realidad no es una enfermedad con la que tratamos sino con una persona que ha enfermado. Experiencia personal ante pacientes moribundos Hace seis años
trabajé en un centro de Alzheimer llamado Vale House en Oxford durante un año. Era un centro que pertenecía
a una potente asociación de estos enfermos. Estaba muy bien dotado para
dar cuidados paliativos y tenía pocas plazas, con lo cual era un lujo como
centro. Verdaderamente fue una experiencia que me aportó mucha riqueza. El idioma no fue un inconveniente para contratarme ya que los pacientes que vivían en ese lugar estaban en una fase casi terminal y ya no se valían para andar ni comer por sí mismos, ni mucho menos hablar, estando totalmente a expensas de los cuidados allí dados. Yo no tenía amigos en Inglaterra, llegué allí sin conocer a nadie. Estos enfermos fueron la mayor fuente de contacto humano en aquel tiempo, fuente que valoré y me ayudó mucho. Viví la dependencia de estos pacientes, la vulnerabilidad, la decrepitud, el dolor, su incapacidad para expresar sus necesidades. Todo ello sin idioma al principio, me hizo desarrollar otro tipo de percepción y de comunicación con ellos. Pienso ahora que si esa experiencia la hubiese vivido en mi país, manejando el idioma, hubiese sido totalmente distinta y creo que menos rica en ciertos niveles de lo que aquella fue. También mi soledad intervino como ingrediente en la vivencia de la totalidad de esta experiencia. Cuando fui sintiéndome más segura en aquel centro, conseguí pasar a trabajar fija en el turno de noche; me sentía más cómoda en él para desarrollar mi trabajo. Cuando terminaba las tareas que realizaba conjuntamente con la enfermera, me dedicaba a visitar a aquellos pacientes que no podían dormir, a aquellos que por una razón u otra estaban despiertos, algunos agitados, otros simplemente sin sueño y otros a veces muriendo. Me familiaricé con la muerte en aquel tiempo y acompañé a algunos de ellos en el proceso y gracias les doy por lo que me aportaron y me permitieron aprender. Allí como aquí, vi malos tratos a los pacientes indefensos y vulnerables. No voy a entrar en ello, sólo decir que me parece muy lamentable y muy triste y que es imperdonable que a estas alturas estas cosas sigan ocurriendo. Pero dada la falta de conciencia comentada antes no es de extrañar que suceda. En realidad yo fui a Inglaterra a aprender inglés para ir después a otro país a estudiar una técnica corporal y no me había planteado nunca la enfermería. Ahora estudio enfermería y veo diariamente la realidad cotidiana respecto a la muerte. Parece que ya, no sólo no podemos ser velados en casa por el engorro que esto ocasiona a la familia sino que ni siquiera podemos morir en casa. Se lleva rápidamente a la gente al hospital para morir, incluso en el último momento, ya sea desde las casas o desde las residencias de ancianos. Se dice constantemente que hay muchas razones para ello y parece que porque lo dice mucha gente ya es verdad. Yo más bien creo que, más que razones, muchas veces son excusas para no asumir la vivencia y el desarrollo de ese proceso cerca de nosotros y también para no asumir responsabilidades que deberían asumirse tras una adecuada reflexión. Durante el curso anterior estuve cuatro meses realizando mis prácticas en Medicina Interna. A muchos de los ancianos los traían a morir sin más. Muchos de ellos con edades muy avanzadas y demenciados, eran sometidos tanto a pruebas diagnósticas como a diversas técnicas agresivas con el fin de alargarles la vida. Pero alargarles la vida ¿para qué?, ¿se plantea alguien en realidad hasta donde y hasta cuando?, ¿se plantea alguien el sufrimiento que se les está haciendo pasar de esta manera? ¿a qué estamos jugando? Hace unos días, en mis prácticas en urgencias, trajeron a un señor, que no llegaba a los sesenta años, en plenas facultades mentales y en plena agonía. Estaba muriendo de un cáncer hepático y la familia lo sacó de su casa en el último momento para llevarlo al hospital a morir. Fue terrible ver a este señor incómodo sobre la camilla de urgencias, mirando con ojos asustados, confuso, viendo pasar a un montón de gente por allí. Ante la situación los médicos sólo pudieron administrarle cloruro mórfico, que por otra parte ya se le administraba en casa. El Servicio de Urgencias además estaba colapsado, también las plantas porque no había camas libres, de modo que ni siquiera se podía sacar a este señor de los boxes porque no había sitio donde meterlo. No se podía hacer nada por él allí, no era el lugar donde tenía que estar este hombre. Lo único que se podía haber hecho por él, era haberlo dejado en su casa, en su cama, en su habitación, rodeado de su familia (familia que estaba en la sala de espera de urgencias), haber seguido administrándole el cloruro mórfico pautado en su domicilio y haberlo acompañado con cariño y tranquilidad en ese momento tan trascendente de la muerte. Morir allí fue como morir en la calle, solo, incómodo, sin representar nada para nadie, sin nadie que le hiciera caso. Yo me acerqué varias veces, le secaba el sudor con gasas y estaba a su lado. Mi corazón se acongojaba al mirarle a los ojos y ver su terror, el disconfort y el abandono que se le había añadido a su muerte. Ni siquiera la ampolla de cloruro mórfico lo tranquilizó en absoluto. Fue triste ver a este hombre. No tuvo una muerte digna, como sucede a tantos y tantos. Este verano mi abuela de ochenta y nueve años, con la que siempre estuve muy unida y que estaba empezando a demenciarse, dejó de tragar, se le cerró el esófago. Se le podía poner una sonda perforándole el estómago y a través de ella alimentarla y así alargarle la vida, quizás unos meses, por supuesto hubiésemos tenido que atarle las manos para que no se la arrancara. Yo junto con un familiar, me negué a ingresar a mi abuela y superamos la presión familiar para ingresarla. No quería poner a mi abuela en ese trance. Para ella hubiese sido terrible ya que no hubiese entendido de ninguna manera que la hubiésemos atado. Tenía un carácter muy fuerte y era alguien muy importante en la familia. De hecho llevaba muy mal el haber dejado de andar, seguía queriendo hacerlo a pesar de no poder y constantemente pedía que la levantaran, tiraba de la sujeción que la mantenía en la silla y no dejaba de pedir una y otra vez que le quitaran aquello diciendo que quería andar porque tenía muchas cosas que hacer. Era tremendamente insistente. Murió a los veinte días de dejar de comer. Por supuesto no se le aplicó ninguna técnica agresiva y aceptamos, finalmente todos, que en el proceso natural de la vida, a mi abuela le estaba llegando su muerte. De hecho, toda la familia se volcó en darle lo mejor de ellos mismos. Mi abuela no sentía hambre ni sed, le dábamos constantemente agua con una jeringa para que al menos refrescara su boca. Constantemente le preguntábamos si tenía dolor o cualquier tipo de malestar porque no queríamos que sufriera innecesariamente. Nos contestaba siempre y cada día que pasaba con más claridad, que no tenía ningún dolor y que estaba muy a gusto. Además decía que se sentía feliz de tenernos a todos a su alrededor, sueño éste por ella siempre deseado. Siempre nos había dicho que quería morir en su casa, rodeada por los suyos. Parecía estar constantemente haciendo balance de su vida. De repente hacía comentarios a los demás que mostraban claramente cómo andaba ella en su tema, haciendo reflexiones e incluso, a veces nos decía que sabía que se estaba muriendo y, en valenciano decía ¿y que tenim que fer?, que significa ¿Y qué vamos a hacer? Ha sido muy bonito para mí que mi abuela muriera de la forma en que lo hizo, sin dolor incluso al final, sin ni siquiera estertores. Se apagó como un pajarillo. Cómo iba a permitir yo que innecesariamente zarandearan a mi abuela cada mañana en el hospital para lavarla, que estuviera atada, sometiéndola a tal agitación y a tal desorientación, negándole de ese modo un final digno. Visión de la enfermería actual Las condiciones de trabajo actuales de las enfermeras de hospital (que son las que yo conozco a través de mis prácticas como estudiante) no son las óptimas para poder realizar una adecuada práctica de la profesión de enfermería. El ratio pacientes/enfermera es demasiado alto y la mayoría del tiempo se ocupa en la ejecución de técnicas, el reparto de medicación, rellenar solicitudes de pruebas y en el resto de burocracia imprescindible en estos momentos. Existe un creciente malestar entre las enfermeras por el trato y las condiciones a las que se ven sometidas por el funcionamiento del sistema sanitario. En muchos casos su propia situación laboral es inestable, cambiando con frecuencia de puestos de trabajo, lo que les impide progresar adecuadamente como profesionales. Se sienten minusvaloradas e incluso a veces poco respetadas. Todo esto puede llevarlas en algunos casos a despersonalizar en cierta forma su trabajo. Nos encontramos en la práctica que lo habitual es conocer al paciente por el número de cama en vez de por su nombre, sin querer la enfermera en realidad, saber nada del problema de esa persona, de sus necesidades de comunicación, información, tampoco de dar ningún tipo de escucha o de consuelo. Esta atención que en los papeles se llama apoyo psicológico y donde siempre se pone una cruz de hecho (como tarea), en realidad, frecuentemente les puede resultar molesto cuando son requeridas por el paciente. Todos estos inconvenientes con los que se encuentra la enfermería en su práctica diaria no excusan en absoluto para mí que se pierda de vista la esencia y el sentido de esta profesión y el hecho de que la pérdida de humanidad no genere una verdadera autocrítica y en cambio toda la carga de la crítica se vuelque sólo en el sistema. Creo que muchas de las actuaciones de algunas enfermeras no son excusables por la presión asistencial. He notado diferencia en la calidad humana del trato al paciente entre los distintos tramos de edad de las enfermeras, siendo generalmente más humano, en mi opinión, el que dispensan las enfermeras de más edad aunque por supuesto hay muy buenas profesionales entre las más jóvenes. Quizás a partir de los cuarenta años noto cómo son mas conscientes del dolor, lo cual me hace pensar que haya sido su propia experiencia por ejemplo por la pérdida de seres queridos o el hecho incluso de tener padres mayores y sentir su propia decrepitud, la propia experiencia como madre etc, lo que puede haber promovido ese cambio. ¿Qué cambiaría yo? Muchas veces pienso que sería deseable que esta profesión se estudiara a partir de una cierta madurez personal. Creo que esto ya se hace en otras profesiones, como conductor de grandes camiones o piloto, por poner dos ejemplos. Quizás más que una selección sólo por nota para entrar en Enfermería, debería incluirse también la valoración de un perfil. Se que eso no lo permite el sistema pero quiero expresarlo. Creo que es importante mejorar las condiciones laborales de las enfermeras al menos, insisto, en los hospitales que es lo que yo estoy conociendo. |
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